VACACIONES
¡Oh! Virgencita que luces Ojos de dulces miradas Que vieron pasar espadas que dieron paso a las Cruces ¡Mira tus tierras amadas! Y si hoy destruyen las Cruces brillen de nuevo las luces del filo de las espadas

Con motivo del post sobre la película "Natividad. La historia" y de la discusión allí originada, un amigo del Blog, Joseph Kroke, me mandó este artículo. No pondré el nombre del autor, esperando a que me autorice, pero adelanto que comparto sus conclusiones en tanto me parecen las que más se adecuan a la dignidad de Nuestra Señora.
LA SSMA VIRGEN MARÍA,
¿SUFRIÓ DOLOR EN EL PARTO?
La pregunta no es superficial en absoluto. Porque quienes hoy defienden que María sufrió dolores de parto, parten de una noción herética de la naturaleza de la Madre de Dios, propia de la apostasía de la fe, expresada sobre todo en el racionalismo, naturalismo, cientificismo, feminismo, una exégesis bíblica ajena a la tradición y al magisterio, y una cierta teología inmanentista. En una palabra, ideas que nacen de un mismo despotismo relativista actual. Según esta postura, se considera a María Ssma como una mujer igual que todas las hijas de Eva, esto es con la mancha del pecado original, por tanto sujeta al dolor en el parto, y además niegan su Virginidad, sobre todo, en el parto.
Esta postura, al afirmar que María sufrió los dolores del parto, niega, implícitamente, cuatro DOGMAS DE FE proclamados por el MAGISTERIO SOLEMNE de la Iglesia, y que como católicos estamos obligados a creer. De estos Dogmas se deduce que QUE MARÍA NO SUFRIO DOLORES DE PARTO. Son los siguientes:
1. LA INMACULADA CONCEPCIÓN.
2. LA VIRGINIDAD PERPETUA DE MARÍA: MARÍA ES VIRGEN ANTES DEL PARTO, EN EL PARTO Y DESPUÉS DEL PARTO.
MARÍA NO SUFRIÓ DOLORES DE PARTO EN VIRTUD DEL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN
Pío IX definió el Dogma de la Inmaculada Concepción con estas palabras: Pronunciamos y definimos que la doctrina que sostiene que la Bienaventurada Virgen María fue preservada inmune de toda mancha de PECADO ORIGINAL en el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Omnipotente, en atención a los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, está revelada por dios; y, por consiguiente, ha de ser creída firme y constante-mente, por todos los fieles. (Dz 1641).
Según esta verdad de fe, María fue preservada de todos los males que padece la humanidad por el Pecado Original, y que se transmiten por generación natural: 1. Pérdida de la gracia santificante, atrajeron sobre sí la cólera y el enojo de Dios (Dz 788), 2. Muerte del alma (vida de la gracia) . 3. Muerte del cuerpo. 4. Dolor o penas corporales (Dz / Hün 1512 y Summa Theol I –II 85, 3)[1] 4. Esclavitud del demonio (de fe: Dz 788). 5. Perdida del Paraíso o Reino de Dios.
Por su Inmaculada Concepción, María fue librada del pecado original y de todos estos males que son castigos por este pecado. Entre ellos el dolor en el parto que es pena del pecado original y del dolor que es la pena por todo pecado actual. Apenas había caído Eva, que Dios, como pena del pecado original peculiar a la mujer, estableció el dolor en el parto para Eva y todas sus hijas:. Tantas haré tus fatigas cuantos sean tus embarazos: CON DOLOR PARIRÁS TUS HIJOS. Hacia tu marido irá tu apetencia y él te dominará (Gen 3, 16). Luego, María, exenta de este castigo por la Concepción Inmaculada, fue liberada de los dolores del parto, pena del pecado original para toda mujer al dar a luz.
No dice este Dogma que María no sufrió en otros momentos de su vida, sino que no sufrió el dolor del parto, como castigo del pecado original y tampoco sufrió el dolor como castigo del pecado personal, pues por especial privilegio de Dios, María Ssma ni siquiera cometió pecados veniales durante toda su vida (como afirma Trento: nisi ex speciali Dei privilegio, quemadmodum de Beata Virgine tenet Ecclesia. Dz 2291).
Fuera de la preservación de estas formas de dolor por el pecado de Eva o personal, María Ssma estuvo sujeta a todas las formas de dolor que no encierran una imperfección moral. Como los dolores por el natural desgaste de la naturaleza humana: como la vejez, o la enfermedad física. Sobre todo, tuvo los dolores en su condición de Corredentora de Cristo Redentor. Esto es, María padeció acerbísimos dolores al pie de la Cruz del Redentor, donde una espada le atravesó el alma[2]. Pero no fueron dolores por los propios pecados o por el pecado original, sino que eran dolores por los pecados de la humanidad pecadora asumidos en la tremenda Pasión de su Hijo y que Ella se los apropiaba, al asociarse por amor a Cristo y por amor a nosotros. Así lo reconoce la Iglesia en la Liturgia cuando celebra la Fiesta de los Dolores de la Virgen[3], sobre todo cuanto en ese día canta la célebre Secuencia “Stabat Mater”[4].
El Papa León XIII dice de María Ssma que permanece junto a Cristo como partícipe en su expiación por el género humano[5]. Y a tal punto sufrió que su dolor fue un verdero martirio: El martirio de la Virgen queda atestiguado por la profecía de Simeón y por la misma historia de la Pasión del Señor... La punzada del dolor (de la lanzada a su Hijo) atravesó tu alma, y por esto, con toda razón, te llamamos más que mártir, ya que tus sentimientos de compasión superaron las sensaciones del dolor corporal[6]. Por eso la Iglesia la invoca como Reina de los Mártires[7].
Luego, se concluye que: POR SU INMACULADA CONCEPCION, al ser PRESERVADA DEL PECADO ORIGINAL, MARINA NO DIO A LUZ A CRISTO CON LOS DOLORES DEL PARTO.
MARÍA NO SUFRIÓ DOLORES DE PARTO EN VIRTUD DEL DOGMA DE LA PERPETUA VIRGINIDAD DE MARÍA
Según este triple Dogma, MARIA FUE VIRGEN ANTES DEL PARTO, EN EL PARTO Y DESPUÉS DEL PARTO. Desde los orígenes de la Iglesia, María era llamada la siempre Virgen. Y aclara el Catecismo: La profundización de la fe en la maternidad virginal ha llevado a la Iglesia a confesar la Virginidad real y perpetua de María (Conc de Constantinopla II DS 427), incluso en el parto del Hijo de Dios hecho hombre. En efecto, el nacimiento de Cristo, “lejos de disminuir consagró la integridad virginal de su Madre”. La Liturgia de la Iglesia celebra a María como la Aeiparthenos, la “Siempre Virgen”[8].
El Concilio de Letrán (649) canon 3 define: La Santa, siempre Virgen e Inmaculada María... concibió del Espíritu Santo sin semilla, (= Virgen antes del parto) dio a luz sin detrimento (= Virgen en el parto) y permaneció indisoluble su virginidad después del parto (Dz /Hün 503). Paulo IV declaró en 1555: La Ssma Virgen permaneció siempre en la integridad de la virginidad a saber: antes del parto, en el parto y perpetuamente después del parto[9].
La Virginidad de María comprende: la virginitas mentis: es decir, la perpetua virginidad de su espíritu; la virginitas sensus, o sea, la inmunidad de todo movimiento desordenado del apetito sensual; y la virginitas corporis, esto es, la integridad corporal.
La perpetua virginidad del cuerpo (virginitas corporis) supone en María una total ausencia de dolor en su cuerpo por razón de la Maternidad, en tres momentos:
Ø Antes del parto: en la misma concepción que fue sin dolor, porque no sucedió con un varón sino de modo espiritual, por la infusión del Espíritu Santo.
Ø En el parto: Porque dio a luz a su Hijo sin violar, romper, perforar o desgarrar el sello de la virginidad, ni ninguna parte de su cuerpo, y por eso, de un seno cerrado y sellado, sin dolor.
Ø Después del parto: porque después del nacimiento de Cristo se abstuvo de toda relación con varón, y, por consiguiente, no tuvo otros hijos. Más aún: ni siquiera perdió la integridad de la carne de una manera accidental.
LA VIRGINIDAD EN EL PARTO
Se deducen de las palabras de la Escritura: He aquí que la Virgen concebirá en el seno, y dará a luz un hijo, y le pondrá por nombre Emmanuel (Is 7, 14), citadas por el Ángel en la Anunciación: He aquí que concebirás y darás a luz un hijo a quien pondrás por nombre Jesús (Lc 1, 31). S Agustín, comentando estos pasajes dice: Si al nacer El (Cristo) se hubiese violado su integridad (la de su Madre) , ya no habría nacido de una virgen, entonces, sería falso –lo que Dios no permita- que El hubiese nacido de María Virgen, como confiesa toda la Iglesia[10]. Los Padres de la Iglesia de los primeros siglos comparan el parto virginal con la salida de Cristo del sepulcro, con su entrada en el cenáculo con las puertas cerradas, y con la penetración de los rayos del sol a través del cristal sin romperlo. Cristo salió del Seno virginal de su Madre como la luz que penetra el cristal y se propaga sin violarlo, y que sale sutilmente de él.
Son innumerables los Padres que afirman la virginidad de María en el parto, sin dolor: desde el s IV: San Efrén (Hym II); San Epifanio (Adv. Haer. 78); S Ambrosio (Ep. 42 y De Inst. virg. VII, 52); San Jerónimo (adv. Iov. 1, 31; Ep 22, n 18; Ep. 48, n 21); S Agustín (Ep 137 ad vol 2, 8; Sermo 186; In Ioan. Tr, IV, 10); S Pedro Crisólogo (Sermo 117, 142); Teodoto de Ancira en el Concilio de Éfeso (Hom. In Nat. Dom); San León Magno (Sermo 22); S Gregorio Magno (Mor. XVIII, 52; Hom in Evang. II, 26 nº 1).
Por todo lo cual, se concluye que, según el triple Dogma por el cual MARÍA FUE VIRGEN ANTES DEL PARTO, EN EL PARTO Y DESPUÉS DEL PARTO, LA SSMA IRGEN NUNCA PADECIÓ DOLOR EN LO QUE SE REFIERE A SU MATERNIDAD VIRGINAL Y ÚNICA DE JESUCRISTO, NUESTRO DIOS Y SEÑOR.
ORACIÓN
¡Oh Dios! que por la Inmaculada Concepción de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada,
y, en previsión de la muerte de tu Hijo
la preservaste de todo pecado:
concédenos por su intercesión
llegar a ti limpios de todas nuestras culpas.
Por Nuestro Señor Jesucristo tu Hijo, que contigo
vive y reina en la unidad del Espíritu Santo y es Dios,
por los siglos de los siglos.
Amen.
(Oración Colecta de la Misa de la Inmaculada Concepción)
¡MADRE INMACULADA,
VIRGEN DE LAS VÍRGENES,
y REINA DE LAS VÍRGENES,
RUEGA POR NOSOTROS!
[1] Cfr Catecismo de la Iglesia Católica 405: Por el Pecado Original: La naturaleza humana no está totalmente corrompida: está herida en sus propias fuerzas naturales, sometida a la ignorancia, al SUFRIMIENTO y al imperio de la muerte e inclinada el pecado (esta inclinación al mal es llamada “concupiscencia”)...
[2] Lc 2, 35.
[3] 15 de setiembre: Señor, tú has querido que la Madre compartiera los dolores de tu Hijo al pie de la cruz; haz que la Iglesia, asociándose con María a la Pasión de Cristo, merezca participar de la resurrección (Oración Colecta).
[4] Compuesta por Iacopone da Todi (+ 1306): Estaba la Madre dolorosa de pie, llorando junto a la Cruz, mientras el Hijo pendía. / Una espada atravesó su alma, que gemía, contristada y dolorida. / ¡Qué desconsolada y triste estaba aquella Madre bendita del Hijo Unigénito de Dios!. / Esta Madre piadosa se apenaba y afligía, contemplando la pena de su divino Hijo. / ¿Qué hombre no lloraría si viera a la Madre de Cristo en tamaño suplicio?. / ¿Quién no se entristecería al poner los ojos en aquella Madre clemente que sufre a la par de su Hijo?. / Vio a Jesús torturado y azotado, a causa de los pecados de su pueblo. / Presenció la muerte sin consuelo de su Hijo querido, cuando entregó su espíritu....
[5] León XIII: Encíclica Jucunda semper (1894): Consors cum Christo existit laboriosae por humano genere expiationis.
[6] S Bernardo Abad: Sermón en el domingo de la infraotava de la Asunción 14-15, que se lee en la LH para el Oficio de Lecturas del 15 de septiembre.
[7] Pío XII: Encíclica Fulgens Corona n 21: La Beatísima Virgen María, durante toda su vida... por sus angustias y atroces dolores fue constituida Reina de los Mártires.
[8] Catecismo de la Iglesia Católica 499.
[9] Dz /Hün 1880: Beatissimam Virginem Mariam.. perstitisse semper in virginitatis integritate, ante partum scilicet, in partu et perpetuo post partum.
[10] PL 40, 249.
Tomado de: periodistadigital.com

He visto el film. Debía hacerlo porque si ya me había indignado un episodio que leí en Alfa y Omega y que lo da este periódico católico como detalle, dice “detalle no menor”, pero detalle al fin, y es el de la adivina que le lee la mano a María, era de suponer que habría más. Y así resultó.
En “Natividad” se ataca, lisa y llanamente, a la figura de María que aparece como una joven como las demás, que se fija en los mozalbetes del lugar, por momentos deprimida, siempre pasiva y abúlica, que no expresa ninguna vida interior. Parece aburrirse o es simplemente aburrida, hastiada, por momentos angustiada y lo que es peor dubitativa, de fe tambaleante y poco caritativa ya que no se la ve atenta a las necesidades de los otros.
Ya al comienzo vemos que María es sujeto de reprimendas de parte de los padres porque se ha quedado jugando con las chicas y muchachos y no hizo lo que tenía que hacer. Dicho sea de paso, los chicos no parecen muy inocentes que digamos porque un muchacho se lanza encima de una de las amigas de esta María y se revuelcan por el suelo. Ya se verá que estos detalles marginales no son baladíes.
Al padre, los soldados enviados por Herodes, le quitan un asno de su propiedad. José lo recupera comprándolo y se lo da a María y le dice:
“Dile a tu padre que se lo dejaron olvidado, así conservará su orgullo”. Bueno, es lo que se diría una mentira piadosa y después de todo el buen Joaquín tendría su orgullo como el que más. ¿Habrá esta María dicho la mentirilla? Pasemos por alto este otro detalle y vayamos a los desposorios. Cuando los padres -sí ambos, padre y madre, están vivos- eligen a José como su futuro esposo ella se fastidia y dice:
“¿Por qué me obligan a desposarme con un hombre que no amo?” “¿Por qué?” Le responde la madre: “Podemos alimentarnos todos (José estaba según el autor de la película en mejor posición que ellos). Lo hemos hecho por ti”. Casamiento por conveniencia, no por elección de la providencia. Aparte de mostrar la moza aires de rebeldía, tal actitud es inaudita dado que a José lo presentan como un joven bueno, y en tiempos y sociedades en que los matrimonios se pactaban primero, hubiera sido motivo de alegría conseguir un hombre así (a menos que los autores quieran insinuar que a ella le gustaba otro) y luego, el tema es anacrónico porque por la misma razón que pactar un matrimonio era parte de la vida habitual no había lugar a quejas ni planteamientos.
Luego, la misma madre dice: “..siempre hay esperanza”. A lo que esta María replica: “¿Incluso en Nazaret?”. Vaya, vaya que es escéptica la niña. Así que poca o nada la esperanza.
El anuncio del ángel no podría haber sido enmarcado y presentado en un contexto de menor sobrenaturalidad. ¡Un ángel que se pasea mientras ella lo escucha, no en la intimidad sino en el campo donde hay otros que están por ahí!
El ángel la saluda: “¡Salve, oh elegida!” Qué va, nada de “llena de gracia”. Elegida puede haber muchas pero llena de gracia, de la plenitud de la gracia sólo una.
Cuando ella al escuchar el anuncio pregunta al ángel: “¿Cómo es posible?”, lo hace moviendo la cabeza en signo de negación. Duda. ¿Fue esto así? Si fue así ¿por qué no fue castigada como lo había sido Zacarías que quedó mudo por dudar? Yahvé es un Dios celoso que no admite de sus elegidos dudas. Moisés por algo menor, por no haber confiado y golpear dos veces la roca para que brote agua, es castigado y no verá la Tierra Prometida (Cf Nm 20:12).
Nos preguntamos dónde está la Madre de la fe, la Madre de los creyentes, la “¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (Lc 1:45). Pero, esta María duda al punto que yendo a visitar a Isabel suspira al Dios, a quien no le termina de creer: “¡Por favor, Señor, haz que Isabel esté encinta tal como me dijo el ángel!”
Ella da su conformidad apáticamente al ángel: “Soy la esclava del Señor” y se arrodilla mientras el ángel está en pie. Imagino que un director católico no habría dispuesto esa escenografía y conociendo la iconografía habría hecho arrodillar al Arcángel ante la Encarnación del Verbo Eterno de Dios, que se hace presente por el sí de la Virgen. Pero, convengámoslo, esto es mucho pedirle a una directora presbiteriana.
Cuán lejos está toda esa anunciación de lo que han escrito los santos como san Sofronio: Alégrate, llena de gracia, el Señor está contigo. ¿Y qué puede ser más sublime que este gozo, oh Virgen Madre?...¿Acaso se puede imaginar una gracia más espléndida? El Señor está contigo. ¿Y quién es el que puede competir contigo? Dios proviene de ti. Verdaderamente, bendita tú entre las mujeres, pues a pesar de ser una mujer, creatura de Dios como todas las demás, has llegado a ser, de verdad, Madre de Dios. Pues, lo que nacerá de ti es, con toda verdad, el Dios hecho hombre (sermón 2, Anunciación de la Virgen).
En la visitación no hay nada del relato del Evangelio de San Lucas, no hay emoción de parte de esta María y, en cambio, palabras de un supuesto diálogo que quita toda tensión del misterio haciéndolo vanal al encuentro que debió ser sublime. San Lucas escribe: “En cuanto oyó Isabel el saludo de María, saltó de gozo el niño en su seno. Isabel quedó llena de Espíritu Santo y exclamó a gritos: “Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu seno; y ¿de dónde a mí que venga a verme la madre de mi Señor? Porque apenas llegó a mis oídos la voz de tu saludo, saltó de gozo el niño en mi seno. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirían las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!” (1:39-45)
De esto nada. Nada de la exultación del relato evangélico y tampoco la fidelidad que cabría esperar al diálogo. Isabel se limita a un genérico “Bendita sea la que cree”.
Sabemos que el cine es primariamente imágenes y que las imágenes dicen más que las palabras porque quedan impresas de manera más fuerte. Estas imágenes de “Natividad” hablan de una María no feliz, insulsa, apática y que no expresa ni está a la altura del acontecimiento más grande de la creación, porque la Encarnación de Dios que se hace hombre en su seno es más grandioso que la creación de trillones de galaxias.
Las palabras del relato lucano están en parte truncas y en parte intercaladas con otras de pura invención del autor del film de manera que, como queda dicho, pierde fuerza toda la escena. El Magnificat, canto de alabanzas de la Virgen que rompe su silencio evangélico, está ausente y sólo aparece al final –en la huida a Egipto- fuera totalmente del contexto y con un significativamente trunco “el Poderoso ha hecho obras grandes” cuando debería haber sido “el Poderoso ha hecho obras grandes por mí” (Cf Lc 1:49). La diferencia no es sutil. A quitar el “por mí”, ya que hay que negarle todo merecimiento a la Virgen. ¡Y este es el film que se publicita como la verdadera historia del Nacimiento de Jesús!
Pero, hay más en esta visitación. No es Isabel a quien el Espíritu Santo le revela la presencia del Señor en María sino que es María quien le dice a Isabel: “Isabel, ¡se mueve!” A lo que responde Isabel que a ella también se le mueve el hijo que lleva dentro. Nada de sobrenaturalidad. Todo normal.
La visita a Isabel, por la actitud de esa María, parecería que fue sólo para comprobar si era verdad lo que había dicho Dios por el ángel. Porque no se la ve que ayude mucho que digamos. Sigue en su pasividad y abulia.
Al regreso a Nazaret, hay todo una discusión a cuatro. De una parte la María del film, que cuenta que se le apareció el ángel, y de la otra José y los padres de ella que no le creen. Por supuesto, todo esto absolutamente inventado.
Viene luego el sueño de José y el censo por el que tienen que ir a Belén.
Hay detalles en la película en los que, insisto, hay que reparar. No se debe pensar que están ahí porque sí. Tienen un fin preciso porque son los que van dando la tonalidad a lo que se quiere dar como mensaje y además porque obran en manera subliminal.
En la ida a Belén el detalle es que los detienen soldados romanos para revisarlos y a esa María la palpan, la manosean. Si no se está atento puede pasar desapercibido. Luego, otro detalle, una adivina les regala dulces y lee la mano de la Virgen. “Tu mano me dice que es varón”, le espeta. En esto repito lo dicho en otra carta:
Siendo la Virgen inmaculada, plena de la gracia, llena del Espíritu Santo y por añadidura hija de Israel, que conocía perfectamente que la adivinación era abominable a Dios (Cf Dt 18:10) y que si no lo hubiera conocido igualmente el Espíritu la hubiera alertado del pecado, cómo, entonces, se puede admitir o siquiera imaginar que se prestase a que le adivinasen el futuro. ¿No habría retirado velozmente la mano y se habría apartado de aquella mujer?
Otro detalle: Al vadear un río aparece una culebra y esta María llena de miedo cae de la cabalgadura, está por ahogarse y José la salva. Me pregunto: ¿Por qué la directora habrá elegido una culebra, una víbora asustando a esa María y haciendo que las aguas la arrastren? Pienso que muchos habríamos imaginado a la Virgen enfrentando a la víbora –imagen de Satanás- y nunca arrastrada por las aguas. Sugestivamente esas aguas hacen pensar las que vomita de la boca el Dragón del Apocalipsis. “Entonces el Dragón vomitó de sus fauces como un río de agua, detrás de la Mujer, para arrastrarla con su corriente. Pero la tierra vino en auxilio de la Mujer: abrió la tierra su boca y tragó el río vomitado de las fauces del Dragón”(Ap 12: 15-16). El caos satánico no consigue arrastrar a la Mujer.
Cuando buscan albergue en Belén ella reza: “¿No puedes ayudarnos?” Esa no es oración de la Virgen que sabe que Dios es Todopoderoso.
Además, a esta María le falta caridad porque, otro detalle, en un momento en que los siguen a María y a José, el burro que llevaba a una mujer se cae y ellos siguen como si nada hubiera ocurrido.
Es decir que ni fe, ni esperanza, ni caridad, ni valor, ni temor de Dios, nada.
Y llegamos a una de las peores escenas: la del parto. La María del film pare con dolor. Cierto, ya a lo largo de la película había demostrado que no era la Inmaculada, la que desde el momento en que fue concebida fue librada del pecado original y que nunca pecó. Esta María -de directora protestante- es como todos los demás mortales y, por tanto, a ella le cabe la misma maldición que a las demás mujeres: “con dolor parirás a tus hijos” (Gn 3:16b).
Grita, cuando el nacimiento de Jesús debe haber sido de un gozo inefable y, por para colmo de herejías, José hace de comadrona. Desde luego, es de inferir que María ya no es virgen después de ese parto. Esta directora sabe más que todos los santos juntos, que toda la tradición de los Padres. San Ignacio de Antioquia escribió: “al Príncipe de este mundo le quedaron ocultos: la virginidad de María y el parto de ella así como la muerte del Señor. Tres misterios clamorosos en el silencio de Dios” (Ef 19:1). No sólo sabe más que los santos sino que el mismo diablo.
Sin embargo, no debería sorprendernos una obra así porque sabemos que la directora es presbiteriana, por tanto era de esperar algo por el estilo aunque, como se ha visto, abundan detalles que van más allá de presentar a la Virgen como a una mujer cualquiera ya que se busca denigrarla. Lo que si sorprende y no se logra entender es cómo fue posible estrenarla en el Vaticano, en el Aula Pablo VI, algo que no logró un director, este sí católico, como Mel Gibson.
Conclusión:
La película desmerece a la Madre de Dios, ofende la fe y la verdad de las Escrituras. Simplemente proyecta prejuicios y la personalidad de los autores.
La virgen de “Natividad” es una joven vulgar, cualquiera de nosotros podríamos elegir una mucho mejor que esa María que nos proponen. Por tanto, la ofensa va dirigida directamente a Dios que fue quien la creó y predestinó para ser Madre de su Hijo.
La María del film carece de las virtudes teologales, es pecadora y concupiscente, apática, llena de temores y no trasluce vida interior alguna. A esta María, como me decía un sacerdote muy amigo, yo no le rezo.
María, Madre y Virgen, hay solo una: la verdadera de la fe. Aquella de quien san Bernardo dijo: De Maria “nunquam satis”, nunca se ha de hablar, alabar, elogiar lo suficiente cuando de ella se trata.
El Beato Abad Elredo dijo: “Le debemos honor porque es la Madre de nuestro Señor. Pues quien no honra a la madre sin duda que deshonra al hijo…Afirma la Escritura: Alabad al Señor en sus santos. Si nuestro Señor debe ser alabado en sus santos, en los que hizo maravillas y prodigios, cuánto más debe ser alabado en María, en la que hizo la mayor de las maravillas, pues él mismo quiso nacer de ella” (sermón 20).
San Anselmo pudo exclamar: “¡Oh, mujer llena de gracia, sobreabundante de gracia, cuya plenitud desborda la creación entera y la hace reverdecer!¡Oh, Virgen bendita, bendita por encima de todo, por tu bendición queda bendita toda criatura, no sólo la creación por el Creador, sino también el Creador por la criatura. El que pudo hacer todas las cosas de la nada no quiso rehacer sin María lo que había sido manchado” (Sermón 52).
Una pléyade de santos, todos en realidad, han hablado de Ella alabándola, brindándole filial amor y le han rezado pidiendo su auxilio y protección. San Ildefonso, ya en los primeros siglos, defendía la perpetua virginidad de María. Virgen antes, durante y después del parto. Santos de todos los tiempos: Bernardo, Agustín, Francisco, Clara, Teresa, Teresita, Ignacio, Alfonso María de Ligori, Antonio María Claret, Pío de Pietrelcina y una interminable lista hasta llegar a nuestro amado Juan Pablo II, todos ellos han sido unánimes en el amor y en el respeto y reverencia hacia la Madre de Dios. Respeto, amor y reverencia que, por otra parte, compartimos con nuestros hermanos ortodoxos. Por eso, este film no puede ni rozar a la Virgen porque sencillamente esa María es falsa. No es la Virgen y punto.
Lo que sí preocupa es que haya sido presentada en el Vaticano. Cierto es que lo fue en un momento en que todos estaban ocupados y preocupados por el viaje del Santo Padre a Turquía. Fue precisamente dos días antes de la partida del Papa. De todos modos, algunos habrán visto la película antes del lanzamiento como para opinar. Asimismo preocupa el que haya contado y cuente, inexplicablemente, con buena crítica de medios católicos.
Algunos, es cierto, simplemente hacen eco de otros ya que se forma una suerte de onda expansiva a partir del hecho de estar el Vaticano de por medio.
En el fondo esto que ha ocurrido, y que es grave, permitirá conocer quiénes son aquellos que se indignen, quiénes son los indiferentes y quiénes los que defiendan la película. Será toda una definición. También darnos cuenta que bajo lo que se dice “Vaticano” se oculta algo y que no todo es de confiar. Por fin, que debemos rezar y mucho por el Santo Padre porque esto demuestra que está siendo atacado en todos los frentes porque esto va sobre todo contra él, contra su autoridad.
Mientras tanto, no temamos dar nuestra opinión aunque nos tilden de ultraconservadores o de fundamentalistas. Debemos defender nuestra fe y advertir los errores sino nos convertiremos en perros mudos por gravemente pecar por omisión.
Oh Dios, que por la Concepción Inmaculada de la Virgen María preparaste a tu Hijo una digna morada, y en previsión de la muerte de tu Hijo la preservaste de todo pecado, concédenos, por su intercesión, llegar a ti limpios de todas nuestras culpas. Por Jesucristo Nuestro Señor.
FIN
P. Justo Antonio Lofeudo es misionero de la sociedad misionera Nuestra Señora del Santísimo Sacramento, fundada por el Padre Martin Lucía cuyo carisma es abrir por el mundo entero el mayor número posible de capillas de Adoración Eucarística Perpetua.

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Etiquetas: Iglesia