6.9.06

UN ARBOL QUE DEJA VER EL BOSQUE

Vicky Anselmi, vinculada al movimiento pro-vida del Padre Sanahuja (que junto con Mónica del Río, dirige, edita y distribuye los excelentes boletines electrónicos NOTIVIDA y NOTICIAS GLOBALES) me hizo llegar por mail este fragmento que está circulando por la web, tomado del cap. 2 del libro "Mirar a Cristo", ejercicios espirituales predicados por el Card. Ratzinger a "Comunión y liberación".
En él, lejos de toda ingenuidad, nos habla de la situación anti-típica de la Iglesia de Holanda en la primera mitad de los años setenta y de la influencia cegadora que el "optimismo" ejerció sobre esa parte de la Iglesia y, agregamos nosotros, se extendió cual gangrena al resto. El actual Papa, se explaya ahí sobre la raíz positivista de ese optimismo ligada al mito del progreso continuo como medio para camuflar la obra demoledora llevada a cabo, y a ella opone la auténtica esperanza cristiana.
Destacamos en este texto la alusión directa a la existencia de una conjuración anti-Iglesia. Hace poco, en nuestra nota titulada "¿ERA O NO UN PROGRAMA DE GOBIERNO?" reprodujimos un reportaje hecho en el año 2003 por Raymond Arroyo (corresponsal en Roma de EWTN) al entonces Cardenal Ratzinger, donde el futuro Papa hablaba de la existencia de un cisma de facto en la Iglesia. No sería descabellado vincular el actual cisma de facto aludido por Ratzinger en ese entonces con las corrientes de pensamiento y acción que estuvieron en el origen y ejecución de esa conspiración para demoler la "vieja Iglesia" y sustituirla por una "completamente distinta", el modernismo denunciado y condenado proféticamente por los Papas en los albores del siglo XX. Un siglo después, podemos afirmar sin lugar a dudas, que no hay tratamiento curativo posible sin diagnóstico certero. Creemos que el Papa reinante tiene la clarividencia necesaria para detectar el origen de los males que aquejan a la Iglesia y para recetar su solución. El mismo designa esos opuestos con claridad: Revolución y Restauración. Dios le de la fuerza para llevarla a cabo.

Esperanza

1.- Optimismo moderno y esperanza cristiana

En la primera mitad de los años setenta, un amigo de nuestro grupo hizo un viaje a Holanda. Allí la Iglesia siempre estaba dando que hablar, vista por unos como la imagen y la esperanza de una Iglesia mejor para el mañana y por otros como un síntoma de decadencia, lógica consecuencia de la actitud asumida. Con cierta curiosidad esperábamos el relato que nuestro amigo hiciera a su vuelta. Como era un hombre leal y un preciso observador, nos habló de todos los fenómenos de la descomposición de los que ya habíamos oído algo: seminarios vacíos, órdenes religiosas sin vocaciones, sacerdotes y religiosas que en grupo dan la espalda a su propia vocación, desaparición de la confesión, dramática caída de la frecuencia en la práctica dominical, etc., etc. Por supuesto nos describió también las experiencias y novedades, que no podían, a decir verdad, cambiar ninguno de los signos de decadencia, más bien la reafirmaban. La verdadera sorpresa del relato fue, sin embargo, la valoración final: a pesar de todo, una Iglesia grande, porque en ninguna parte se observaba pesimismo, todos iban al encuentro del futuro lleno de optimismo. El fenómeno del optimismo general hacía olvidar toda decadencia y toda destrucción; era suficiente para compensar todo lo negativo.

Yo hice mis reflexiones particulares en silencio. ¿qué se habría dicho de un hombre de negocios que escribe siempre cifras en rojo, pero que en lugar de reconocer sus pérdidas, de buscar las razones y de oponerse con valentía, se presenta ante sus acreedores únicamente con optimismo? ¿Qué habría que pensar de la exaltación de un optimismo, simplemente contrario a la realidad? Intenté llegar al fondo de la cuestión y examiné diversas hipótesis. El optimismo podía ser sencillamente una cobertura, detrás de la que se escondiera precisamente la desesperación, intentando superarla de esa forma. Pero podía tratarse de algo peor: este optimismo metódico venía producido por quienes deseaban la destrucción de la vieja Iglesia y, con la excusa de la reforma, querían construir una Iglesia completamente distinta, a su gusto, pero que no podían empezarla para no descubrir demasiado pronto sus intenciones. Entonces el optimismo público era una especie de tranquilizante para los fieles, con el fin de crear el clima adecuado para deshacer, posiblemente en paz, la misma Iglesia, y conquistar así el dominio sobre ella. El fenómeno del optimismo tendría por tanto dos caras: por una parte supondría la felicidad de la confianza, aunque más bien la ceguera de los fieles, que se dejan calmar con buenas palabras; por otra existiría una estrategia consciente para un cambio en la Iglesia, en la que ninguna otra voluntad superior –voluntad de Dios- nos molestara, inquietando nuestras conciencias, y nuestra propia voluntad tendría la última palabra. El optimismo sería finalmente la forma de liberarse de la pretensión, ya amarga pretensión, del Dios vivo sobre nuestra vida. Este optimismo del orgullo, de la apostasía, se habría servido del optimismo ingenuo, más aún, lo habría alimentado, como si este optimismo no fuera sino esperanza cierta del cristiano, la divina virtud de la esperanza, cuando en realidad era una parodia de la fe y de la esperanza.

Reflexioné igualmente sobre otra hipótesis. Era posible que un optimismo similar fuera sencillamente una variante de la perenne fe liberal en el progreso: el sustituto burgués de la esperanza perdida de la fe. Llegué incluso a concluir que todos estos componentes trabajaban conjuntamente, sin que se pudiera fácilmente decidir cuál de ellos, cuándo y dónde predominaba sobre los otros.

(...)

Mientras leía a Bloch pensaba que el "optimismo" es la virtud teológica de un Dios nuevo y de una nueva religión, la virtud de la historia divinizada, de una "historia" de Dios, del gran Dios de las ideologías modernas y de sus promesas. Esta promesa es la utopía, que debe realizarse por medio de la "revolución", que por su parte representa una especie de divinidad mítica, por así decirlo, una "hija de Dios" en relación con el Dios-Padre "Historia". En el sistema cristiano de las virtudes la desesperación, es decir, la oposición radical contra la fe y la esperanza, se califica como pecado contra el Espíritu, porque excluye su poder de curar y de perdonar, y se niega por tanto a la redención. En la nueva religión el "pesimismo" es el pecado de todos los pecados, y la duda ante el optimismo, ante el progreso y la utopía, es un asalto frontal al espíritu de la edad moderna, es el ataque a su credo fundamental sobre el que se fundamenta su seguridad, que por otra parte está continuamente amenazada por la debilidad de aquélla divinidad ilusoria que es la historia.

Todo esto me vino a la mente de nuevo cuando saltó el debate sobre mi libro Rapporto sulla fedde, publicado en 1985. El grito de oposición que se levantó contra ese libro sin pretensiones, culminaba con una acusación: es un libro pesimista. En algún lugar se intentó incluso prohibir la venta, porque una herejía de este calibre sencillamente no podía ser tolerada. Los detentadores del poder de la opinión pusieron el libro en el índice. La nueva inquisición hizo sentir su fuerza. Se demostró una vez más que no existe peor pecado contra el espíritu de la época que convertirse en rey de una falta de optimismo. La cuestión no era: ¿es verdad o no lo que afirma?, ¿los diagnósticos son justos o no? Pude constatar que nadie se preocupaba en formular tales cuestiones fuera de moda. El criterio era muy simple: o hay optimismo o no, y frente a este criterio mi libro era, sin duda, una frustración. La discusión, encendida artificialmente, sobre el uso de la palabra "restauración", que no tenía nada que ver con lo que decía en el libro, era solamente una parte del debate sobre el optimismo: parecía ponerse en cuestión el dogma del progreso. Con cólera, que sólo un sacrilegio puede evocar, se atacaba a esta supuesta negación del Dios de la Historia y de su promesa. Pensé en un paralelo en el campo teológico. El profetismo ha sido visto por muchos unido por una parte a la "crítica" (revolución), por otra al "optimismo", y de esta forma se ha convertido en el criterio central de la distinción entre la verdadera y falsa teología.

¿Por qué digo todo esto? Creo que es posible comprender la verdadera esencia de la esperanza cristiana y revivirla, únicamente si se mira a la cara a las imitaciones deformadoras que intentan insinuarse por todas partes. La grandeza y la razón de la esperanza cristiana vienen a la luz sólo cuando nos liberamos del falso esplendor de sus imitaciones profanas.

2 Comments:

Blogger Muret said...

Muy bueno el post. Muchas gracias. Chesteron decía algo parecido acerca del optimismo (y sobre el pesimismo). También me hizo acordar una respuesta del entonces Cardenal Ratzinger en su libro "Principios de Teología Católica": La exageración vuelve las virtudes en su opuesto. Se refería al optimismo reinante post VII y la implementación posterior del Concilio.
Por último: Feliz Santo! Tito nos avergonzó con su buen ejemplo! Felicitaciones a Tito entonces también.
Un abrazo

2:49 p.m.  
Blogger El Sacristán said...

Excelente post, don Beltrán. Comparto totalmente sus reflexiones con respecto a la esperanza
¡Gracias por el comentario!

6:14 p.m.  

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